8

Desde muy joven ya me de cuenta de la importancia de ese número. Se convirtió de manera natural en mi número favorito. Mi querido profesor de E.G.B., Don José Luís Cózar Granja, tenía la costumbre de hacer una lotería bastante a menudo. Una lotería en la que particularmente nadie quería ganar. El premio era recitar distintos párrafos de historia, biología o alguna otra asignatura donde hubiera un gran potencial de poder aprenderse cientos de párrafos de memoria.

Cada alumno tenia un número, el mío era el 8. Los números estaban impresos en bolas de bingo, metidas en una bolsa, de donde el profesor sacaba los números. En una sesión de loterías salían entre 5 y 10 premiados. Al que le tocara su número asignado, tendría que someterse a una tanda de preguntas a las que tendría que responder minuciosamente según el texto exacto de libro. No saber contestar te sometería a una humillación pública y varios puntos negativos que te joderían la nota final.Fue entonces cuando comprendí que ese número era algo más que un simple número. Era mi número de la suerte.

Y por eso, durante 3 años de loterías celebradas regularmente cada semana, jamás, ni una sola vez tocó mi número. Eramos 27 alumnos, en cada lotería podían tocar entre 5 y 10 números. Según todas las teorías probabilísticas habidas y por haber, es imposible que no me tocara, pero así fue. Era divertido ver a mis compañeros sudando de nerviosismo ante cada lotería, mientras que yo estaba tranquilo, sin preocupaciones, y sobre todo, sin tener ni puñetera idea del texto de historia o de lo que tratara aquella lotería en particular.Hoy, después de hablar con mi abuela, 8 minutos, como siempre. Colgué y caí en la cuenta de algo… mi número jamás estuvo en la bolsa de bingo.

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